Para: Enrique Saavedra, conocedor y amante del buen mentir
Si usted está en el lobby del teatro Santa Catarina esperando a ver El dragón dorado, y una linda muchacha vestida con un quimono le ofrece un té de jazmín, no dude en aceptarlo. La sabiduría popular, repitiendo y apropiándose de la sabiduría china, recomienda un té de jazmín para calmar los nervios, la ansiedad y relajar el cuerpo. Déjese mimar, que uno nunca sabe cuándo empieza el vapuleo de la vida diaria…
“Buenas noches, tome asiento”, repiten amablemente las chicas del quimono a cada uno de los espectadores (¿o comensales?). Los tiempos de la comida van sucediéndose uno a uno: primera llamada…segunda llamada… ¡principiamos…! El público relajado y dispuesto (gracias al tecito) está cumpliendo cabalmente su papel: está expectante, no podría permanecer indiferente, la curiosidad lo mata; ya que logró lo que pocos: meterse hasta la cocina. Llega el primer cocinero (José Sefami) y toca el gong una, dos, tres veces… para avisar que inicia el drama caótico, literalmente caótico, de El dragón dorado, cárcel de sueños y de migrantes. Sigue leyendo


